bienvenidos

Bienvenidos aquellos que saben valorar una sonrisa. Bienvenido los que saben sobrellevar con humor los problemas. Los que saludan por la calle. Los que saben disfrutar de un rato de charla.
Bienvenido los que saben dialogar y respetar al contrario. Bienvenidos los que defienden sus pensamiento, sus deseos y sus locuras siendo tolerantes.
Bienvenidos los que saben reirse de si mismo y los que saben encontrar algo positivo en un mal momento. Los que disfrutan del mar y de la cervecita, de la compañía de los amigos y de la libertad de ser cada uno diferente pero iguales.
Bienvenido al fín, todo aquel que sepa aprovechar el don de la vida.
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martes, 8 de septiembre de 2015

En un instituto de secundaria se tomarán las uvas con el comienzo del curso



En el instituto de educación secundaria Guadalpeña  de Arcos de la Frontera han decido comenzar el curso escolar tomando las 12 uvas de final del año. A las 12 en punto de la mañana  del día 15 de septiembre  , tanto alumnos como profesores acudirán a este acto que se celebrará en el patio del centro. La finalidad es hacer el comienzo del curso más agradable para todos, en especial para el alumnado que se incorpora la primera vez al centro, procurando  que desde el primer día se sientan más integrados en él  y con sus nuevos compañeros


viernes, 27 de enero de 2012

El nuevo hombre renacentista o sea que hace de tó

Hay veces que uno se despierta cansado, otras con ganas de hacer de todo, a veces feliz y otra triste. Pero yo hoy me levantado preguntón, o sea, con necesidad de encontrar respuestas.


Por ejemplo la primera pregunta que se me ocurrió, fue la siguiente: ¿Un guardia civil, un municipal o simplemente un policía nacional, tienen que impartir clases?. Creo que no, pero un profesor tiene que hacer guardia. Vigilar que los alumnos no se peleen en el recreo, que no entre en el centro alguien que no pertenezca a él, que en el recreo no se trafique con sustancias ilegales y hasta que no se fume en los servicios. ¿Eso no son más bien competencia de un guardia civil?.

Otra pregunta que se me ocurrió. ¿Ustedes han visto alguna muchacha de la limpieza dando una clase magistral de cualquier asignatura o materia? Pues yo si he visto a un profesor fregando el suelo, barriendo la clase, limpiando las mesas y hasta tirando la papelera. Por cierto: ¡Viva la Pepi! ¿Qué no saben ustedes quien es la Pepi? Pues ya pueden ir pinchando en la siguiente fotografía para conocerla. Pa ti y pa mi: “Menuda es”.



¿Alguno ha visto a un administrativo, a un enfermero, a un conserje, a un psicólogo o a un guía turístico impartir clase? Pues yo he visto a un profesor rellenar un taco de formulario, poner las faltas de los alumnos, curar las heridas de estos, hacer fotocopia tras fotocopia, intentar y animar a padres y alumnos, mientras se traga todos sus problemas. En fin, como digo en el título inicial tiene que saber y hacer casi todo. Por cierto, ahora que caigo: ¿Cuándo ese profe da clase?

Que si, que es verdad que tiene más vacaciones .Aunque pensándolo bien , para una persona que ejerce tantos oficios y solo cobra por uno. ¿No serán demasiada pocas vacaciones?. Por cierto, hablando de descanso , se me ha ocurrido otra pregunta. ¿Qué hizo Dios al octavo día tras construir el mundo?. ¿Se apuntó al paro?

sábado, 11 de junio de 2011

Los de la mala leche


Hay alumnos divertidos y simpáticos. También los tenemos generosos, aquellos que te ofrecen un caramelo mientras pasas por el pasillo del centro. Los hay traviesos, esos que se dedican una y mil veces a tirar avioncitos de papel, cual ingenieros aeronáuticos. Los hay pelotas, que durante todo el año están encima de uno alagándote y después si te ven por la calle, es como si no te conocieran. Y desgraciadamente también hay alumnos con malas ideas. No de esa que en fondo provocan una leve sonrisilla. Sino de esa mala leche, que te hace sentir estupor y vergüenza ajena. Mala leche no solo con el profesor, sino con sus propios amigos y compañeros.


No hace mucho me enteré del caso en el que a una niña reservada y tímida, no se le ocurrió otra cosa al malange de turno, que meterle en su mochila un pájaro muerto. Con tan mala suerte que tuvo la chiquilla que al recoger la mochila, apretó con tanta fuerza ella, que al mismo pájaro se le reventaron las tripas, entre los deberes de matemáticas y los de lenguas, que transportaba en tan pesada bolsa. La pobre alumna sintió tanta vergüenza que no volvió a aparecer por el aula en lo que quedaba de curso.

Quizás el caso más desagradable que he oído, es el que os voy a relatar a continuación. Hace años hablando de esos alumnos perversos, me comentaron que había un terrible adolescente, que no tenía mejor idea que encender un mechero durante un tiempo. Mechero de estos llamados de los bolsillos, como los bic, los cuales en su parte superior poseen una pequeña capa de metal.

Pues bien, el denostado alumno se dedicaba a encender ese mechero hasta que la placa se ponía totalmente caliente y cuando esta se encontraba así no tenía mejor o peor intención que colocársela en la parte posterior del cuello del compañero que tenía delante en el aula. Era tanto el miedo que se le tenía a ese terrible niño atroz, que aunque al chiquillo le doliera bastante, que aunque se le saltaran las lágrimas de sufrimiento, jamás se atrevería a denunciar al repugnante alumno.

También existen casos, que aunque posean su mijita de malange, también la tiene de gracia. Recuerdo como hace bastantes años, entré en una aula para impartir clases de dibujo. Lo primero que me llamo la atención de este espacio, es lo sucio que se presentaba. Tendido sobre el suelo rodaban numerosas pelotas de papel de aluminio que antes sirvieron para envolver el ansiado bocadillo. También había varios embases de zumo, o de biofruta . Algún que otro avión de papel y hasta varios envoltorios de caramelos, acompañando a otras unidades de chicles. Ante este desolador panorama no me quedo mas remedio que llamarle la atención al alumnado, Contestando uno de ellos que tuviera cuidado con el salchichón. El salchichón. ¿Qué salchichón? Señalando este mismo alumno como sobre mi cabeza y pegado literalmente al techo de la habitación, se encontraba una hermosa y grasienta loncha de este embutido, a punto de suicidarse sobre mi cabeza. Gracias a la providencia, tuve la suerte de poner esquivarla y esta cayó justamente en lo alto de mis apunte del sistema diédrico. ¡Menuda perspectiva!

jueves, 2 de septiembre de 2010

Don Pimpón


Los profesores y los maestros cuando a estas alturas del año empezamos a vislumbrar en la televisión los anuncios del Corte Inglés de la vuelta al cole, se nos empieza a poner una cara un poco desencajada. A mi septiembre siempre me ha sentado fatal, por lo menos los primeros días del mes.


Llevo ya casi 20 años impartiendo clases, pero como la mayoría de este tiempo he sido interino, cuando llegaban los primeros días de este mes, la ansiedad y el desasosiego suelen acompañarme. Hasta aproximadamente, el día 7 u 8 del mes, no sé dónde voy a impartir clases. Lo mismo me toca al lado de donde vivo como que me manda al otro extremo de mi región. Y como comprenderán con esta duda no se puede dormir muy bien, por lo que implica buscar una nueva vivienda, conocer nuevos compañeros y cogerles el truquillo a los nuevos alumnos. Y eso que con el tiempo, la experiencia de años anteriores hace que cada vez te alteres menos. Claro que para mal trago, el que pasa el profe que aun no ha dado clase en su vida, en el primer día de experiencia como educador.

Yo tengo un amigo de aspecto bastante grueso, bajito y rechoncho. Su carácter no se podría decir que fuera el de un ser que soporta temporales, quizás su mejor cualidad es el alto sentido del humor que dota a todo sus actos. Y a falta de autoestima posee al menos recursos suficientes para superar los peores trances gracias a ese don que antes he nombrado.

Sería a finales de octubre de hace unos tres años, cuando la delegación de educación lo llamó para impartir clases en un centro de enseñanza de una población de la bahía gaditana. Sus gestos denotaban el temblor que le recorría por su cuerpo, pero la ilusión de poder trabajar por primera vez lo superaba. A las pocas horas de llamamiento, se dispuso a hacer las maletas para tomar el tren más veloz que le llevara a su destino.

Al día siguiente tras alojarse la noche anterior en un cochambroso hostal, se presento en el centro, lleno de optimismo y miedo. Tras dialogar con el jefe de estudio este le indicó que subiera inmediatamente a la clase que le correspondía, pues los alumnos llevaban ya varios días sin impartir su asignatura. Le sorprendió tanta prisa dada por su superior, pero no le quedo más remedio que asumir la orden. Tras indicarle el mandamás la dirección del aula, se dirigió a ella, no sin perderse varias veces por los retorcidos pasillos del instituto. En uno de estos espacios, se encontró a un pequeño grupo de alumnos con más ganas de guasa que de recibir clase. Como nuestro protagonista se encontraba perdido, sugirió a los alumnos que le indicaran la dirección correcta de la clase. Tras hacerlo estos, y él darle las gracias por las indicaciones, se dirigió raudo, mientras se subía los pantalones que se caían, hacia el lugar indicado. Antes de torcer totalmente hacia el siguiente pasillo, oyó como desde el grupo de chavales anteriores se expresaba de esta manera uno de los alumnos: ¡Oye! ¿Desde cuándo da clase aquí don Pimpón? .

La verdad es que nuestro amigo no le fue agradable oír esa expresión. ¿Pero que podía hacer sino seguir para delante? .Ya ajustaría cuentas en otro momento.

¡Por fin llego al aula!. La imagen era caótica desde la puerta . Entre veinte y treinta alumnos, de 13 a 14 años, saltando por lo alto de las mesas, tirando aviones de papel por la ventana y hasta un pobrecito chaval con la papelera de la clase en la cabeza, mientras otros le sacudían mamporrasos sobre esta. Nuestro amigo miró al techo, como pidiendo ayuda a Dios, se subió los pantalones y dando un enorme vocetón entro en la clase. Los alumnos ante esta inesperada manifestación de autoridad se quedaron paralizados, acoplándose poco a poco en su pupitre.

Tras estos momentos de tensión nuestro protagonista tomo asiento en su mesa de profesor y comenzó a pasar lista de la clase. Con los nervios los apellidos se le entremezclaban, no acertaba a decir correctamente sus nombres y hasta sintió sonrojó cuando tuvo que nombrar por dos veces el apellido Cabezón. ¿Se corresponderían los apellidos con el tamaño de su cabeza?. Se preguntaba nuestro amigo sin querer mirar apenas  a los renombrados alumnos.

La clase permanecía en silencio, más que por el temor engendrado por el nuevo profesor sino por la facultad de los alumnos de observar a este durante los primeros momentos. Parecía que por ahora la autoridad estaba ganada. Aunque el novato profe no dejaba de balancearse en el sillón en que se había sentado. Lo hizo con tanto ahínco e intensidad, que no tardó mucho en que nuestro personaje se encontró caído de espalda sobre el suelo y con sus piernas sobre la mesa, adoptando una postura totalmente ridícula. Fue tanta la sorpresa la que conmovió a los alumnos, que en vez de lanzarse plenamente a reírse por la situación, estos expresaron su asombro mediante unos rostros pálidos, insípidos y terriblemente sorprendidos. A todo esto nuestro personaje se preguntaba cómo salir de esta situación tan particular. Ni corto, ni perezoso se reincorporó y se alzo sobre el estrado con la mayor dignidad posible, exclamando una sorprendente e inaudita frase: ¡Bueno pues ya con este acto que suelo hacer al comienzo de mis clases, sabréis que siempre os podré sorprende, para lo bueno o para lo malo, yo soy vuestro profesor! ¡Espero que a partir de ahora nadie me reproche nada que yo no haya advertido!

Dibuja con perspectiva

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