bienvenidos

Bienvenidos aquellos que saben valorar una sonrisa. Bienvenido los que saben sobrellevar con humor los problemas. Los que saludan por la calle. Los que saben disfrutar de un rato de charla.
Bienvenido los que saben dialogar y respetar al contrario. Bienvenidos los que defienden sus pensamiento, sus deseos y sus locuras siendo tolerantes.
Bienvenidos los que saben reirse de si mismo y los que saben encontrar algo positivo en un mal momento. Los que disfrutan del mar y de la cervecita, de la compañía de los amigos y de la libertad de ser cada uno diferente pero iguales.
Bienvenido al fín, todo aquel que sepa aprovechar el don de la vida.
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miércoles, 12 de febrero de 2014

La rebelión


Recuerdo que aquel día era especialmente desapacible, tanto que a las 6 de la tarde me encontraba aún dormitando en mi cama, cuando de pronto sentí un tremendo frío. Prácticamente las dos mantas que antes me arropan se habían deslizado hacia el suelo, quedándome plenamente descubierto.

 

Aprovechando esta circunstancian decidí levantarme para ir al servicio a orinar, al estar aún un poco adormilado mientras me dirigía a cuarto de baño  tropecé con los cables de la lamparita de noche, tanto que esta cayó al suelo fundiendo la bombilla y encontrándome de pronto completamente a oscuras y con fuerte dolor en mi rodilla derecha provocado por mi caída.

Desde el suelo intenté encender la luz del cuarto, cuando de pronto sentí que los cables del teléfono me rodeaban el brazo, casi me impedían actuar con mi mano izquierda. Al momento y con un  enorme tirón me desprendí de ellos y pude llegar a alcanzar la llave de la luz de mi dormitorio.

Cuál sería mi sorpresa al comprobar que los tirantes de mi persiana pretendían darme alcance. Aún no sabía si estaba despierto o dormido, era todo tan absurdo que era difícil creer que eso me estuviera ocurriendo a mí. De un salto me coloque en posición vertical y salí disparado hacia al salón. Allí los cables de conexión del ordenador, de la antena del televisor y de la estufa también pretendieron alcanzarme, ahogarme con su fuerza sobre mi carganta, como pude logré alcanzar un cuchillo que se encontraba en la mesa del salón, pues me había acostado sin recoger el almuerzo y así pude romper sus atadura,

Salí despavorido hacia mi patio y con toda mi fuerza comencé a gritar socorro. Mientras oía gritar decenas de voces expresando lo mismo que yo, desde el cielo me llovió un enorme chapucero de ropa  proveniente de los tendederos de los vecinos. La cuerdas de los tendederos se habían revelado y entrado por las ventanas de los pisos pretendían atrapar ,para luego ahorcar , a sus dueños.

Mientras tanto el cielo tronaba con una voz muy grave .Miré hacia  este y su color era extremadamente púrpura. Como pude salté la tapia que separaba mi patio de la calle. Y ya en aquella enorme explanada, antes centro de los chavales del barrio avisté la más espantosa visión. Personas, desde ancianos hasta niños colgados desde los semáforos mientras los cables del alumbrado público los iban poco poca ahorcando. Como pude intenté esquivar varios cables de la compañía telefónica  que a pesar de sus alegres  colores que se dirigían a capturar mis pies. Salté, rodé y creo que hasta volé para poder llegar a la cercana playa, casi no lo pude lograr porque en el último momento un enorme cartel electoral con la monstruosa imagen de la alcaldesa soltado con ímpetu por el cable que lo sostenía estuvo a punto de golpearme en la cabeza, menos mal que una desenterrada sombrilla playera arrancada de cualquier lugar se impuso en su camino. Ya casi gateando, ya casi arrastrándome ya casi reptando cual larga serpiente  logré llegar a la orilla del mar. Y allí cuantiosos  y despojados ciudadanos aparecían a salvo y tan atónitos como yo, mientras contemplaban  ese extravagante y horrorifico espectáculo

martes, 20 de noviembre de 2012

Me gusta cuando llamas



Recuerdo aquellos calurosos mediodías, ya sobre el mes de junio. Recién comido y casi reventado de tanto trabajo ingrato, cuando tú, con esa vocecita casi irreconocible, posiblemente allende los mares, me despertabas sorprendentemente en mis primeros minutos de siestas.
Recuerdo como en aquellos momento mientras tú me recitabas el nombre de la empresa por lo que me anhelabas, yo airadamente me acordaba de tus antepasados, que queda más fino que decir tus muertos.
Cuanta ira inútil porque tú no eras rencoroso y volvías a llamar a los pocos días. ¡Que tesón! ¡Que coñazo! Casi siempre cuando más molestabas. ¿Lo hacías adrede? Claro que si te insultaba tú altivamente golpeaba a mi conciencia diciéndome que eras un trabajador, como si yo fuera un especulador inmobiliario.
En fin, pero todo pasa y todo queda. ¿A ti también te fastidian Serrat? Bueno, yo creo que lo nuestro no es más que pasar, cosa que no te dejan. Lo nuestro es transformarse, sacar lo bueno de la vida.
Ahora ya no solo no detesto que me llames sino que además disfruto con ello. Gracias a ti, mis registros de actor van ampliándose. Porque un día soy un abuelo con alzhéimer, otro un locuelo jovenzuelo algo desequilibrado. En la última llamada un amigo gorrón y así poquito a poco mi repertorio se amplia. Mi  tono de voz se enriquece, cada vez vocalizo mejor.

   
 Me queda hacer de niño y de niña, de sacerdote, vendedor de seguro, para contraatacar y de decenas de cosas más. Además gracias a tus llamadas y de otros tan pesado y pesada como tú, ya sé que alguien se acuerda de mí. Como yo de ti cuando me pilla en la siesta.
El otro día te echaba tanto de menos, que sin pensarlo mucho, me lancé a la calle, a eso de las cuatro de la tarde. ¡ La hora bonita ¡. Y aunque costó trabajo, logré encontrar una cabina de teléfono para marcar el número desde donde me haces tan agradables llamada. ¡Que pena no logré localizarte! Te dejé un mensajito: Dadle recuerdo al tío que todas las tardes me estropea la siesta.  Por cierto, que a nadie se le ocurra imitar mi actitud, no vaya a ser que arruinemos a esas preocupadas empresas que tanto se acuerdan de nosotros.

Dibuja con perspectiva

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