bienvenidos

Bienvenidos aquellos que saben valorar una sonrisa. Bienvenido los que saben sobrellevar con humor los problemas. Los que saludan por la calle. Los que saben disfrutar de un rato de charla.
Bienvenido los que saben dialogar y respetar al contrario. Bienvenidos los que defienden sus pensamiento, sus deseos y sus locuras siendo tolerantes.
Bienvenidos los que saben reirse de si mismo y los que saben encontrar algo positivo en un mal momento. Los que disfrutan del mar y de la cervecita, de la compañía de los amigos y de la libertad de ser cada uno diferente pero iguales.
Bienvenido al fín, todo aquel que sepa aprovechar el don de la vida.
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viernes, 12 de abril de 2013

el camino mas dulce



·         ¿Sabéis lo que llama más la atención a un niño? Los colores y lo olores y ahora aquí ya de mayor, hoy añoro aquellos olores que inundaban, que perfumaban mi infancia. Aquella goma de nata que poco a poco mordisqueaba yo tan puesto con mi uniforme de rayas, el olor a lapicero y a libro nuevo. Ahora con nostalgia evoco el olor a arroz en casa de mi abuela, mi buena y dulce abuela que me llevaba una enorme cuña de chocolate en el recreo de mi escuela. La cual tenía que esconder con maña porque Don Salvador, mi profe de segundo de primaria, siempre quería que le diera un cachito. Si, si un cachito y el gorrón casi se la zampaban entera.
Mi infancia estuvo repleta de colores y aunque las pocas fotos que tengo de aquella época sean en blanco y negro, yo aún las sigo viendo de iluminadas, claras y coloreadas como la ilusión de un niño. ¡Maldita la infancia en que el único color se deslumbra es el gris!
Y los olores y los colores me invadían y me inundaban cuando junto a mi padre, mi madre y mi hermana visitábamos el gran almacén de la capital al cual nos dirigíamos para adquirir un montón de golosinas para venderla en nuestra pequeña tienda de mi pueblo natal.

Me sorprendía y me arrebataba la ilusión esa enorme montaña de caramelos ocupados ordenadamente sobre altísimas estanterías, tan alta, tan alga como la luna. Para mí era una enorme luna llena repleta de golosinas.
Allí convivían experiencias tan sabrosas como los enormes y domesticables chicles bazocas, y los palotes de fresas tan difíciles de desnudar de su pegajosa vestimenta.
Allí en aquel almacén fabricado para la imaginación de un goloso, convivan aquellos pequeñitos caramelillos de nada. ¡A gorda, a gorda cada caramelo! ¡Caramelos por una peseta. Que de sabor, que de ilusión y todo envuelto en numerosos colores luminosos, dorados, plateados. Cual olas de un mar dulzón. Como la infancia, sabrosa, golosa ante la experiencia.
Buscaba y buscábamos mi hermana y yo las nuevas golosinas que aparecían semanalmente. Fue toda una experiencia el combinar un negro y alargado regaliz con un paquetito de refresco. Si, refresco, aquellos paquetillos con polvitos anaranjados que al penetrar en la boca, y gracias a su acidez provocaban en tus encías un gran revuelo.
Y el regreso, ese regreso al pueblo en un destartalado Renault 4l, con un coche cargado de dulce manjares. Rebosando expectativas para los niños del barrios. Bolitas de chicles, regaliz espirales, rojo y azules, chupa chup con sonidos de silbato, pastelillos de cremas. ¡Que automóvil más sabrosos! ¡Que revolución mas alegre para los niños del barrio!


¡Qué suerte y que grande ser niño! ¡Y qué largo el tiempo que duraba un recreo, un sabor una sorpresa! Un año entero era una eternidad. Y que lejos ahora. ¡Qué poco huelo, que poco veo, que poco siento! En fin ¿Qué poco disfruto!
Se me acabó el resplandor con la edad. Poco a poco, como una vela que poca cera me queda ya en la imaginación. Creo que envejecer es anular los sentidos. El olor, el sabor y hasta el tacto , Pensamos que quizás las cosas no saben cómo antes. ¿Pero no seremos nosotros los que no tenemos ya capacidad de disfrutarlas?

viernes, 23 de octubre de 2009

la tienda


Mi padre en su juventud fue portero de futbol. No un portero aficionado que juega los sábados por la mañana, sino un profesional. Llegó a jugar en segunda división con el Extremadura de Almendralejo. ¿Pero que hace un portero de futbol cuando se retira? ¿A qué se puede dedicar?

Supongo que eso pensaría mi padre en aquellos momentos. No se le ocurrió mejor idea que montar una granja de gallinas y dedicarse a vender los huevos de estas por las calles de mi pueblo. En una moto se recorría el pueblo una y otra vez anunciando sus productos. Y como no se le daba mal eso de vender, decidió poner una tienda de comestible.

Bueno de comestible es un decir, porque allí aparte de los comestibles, vendíamos también colonias, y hasta unas bufandas de lana que hacía mi madre con unas agujas enormes.

Lo que más me gustaba de tener una tienda era ir a Sevilla a los almacenes a comprar todas las golosinas que luego presentábamos en nuestra tienda. Decenas de cajas de chicles, de gominolas y de todas las delicias que un niño puede soñar extendidas por enormes anaqueles.

Recuerdo como en aquellos tiempos regresábamos de la capital con nuestro flamante Renault 4L, repleto de cosas sabrosas. La tienda no le había ido mal del todo, y había podido cambiar su simple moto por un cochecito apañado.

De chuchería vendíamos bastante, sobre todo teniendo en cuenta que la tienda se encontraba situada justamente enfrente de un colegio. Eran las dos de la tarde y el establecimiento se veía inundado de una alegre algarabía de chiquillos. Mientras que yo, me sentía orgullo de ser el hijo del tendero, porque disfrutaba de las mejores estampitas de futbolistas.

Además de las pipas, los kikos y demás chuches, también vendíamos helado.

Yo ya tendría unos siete años cuando me rogó mi madre que despachara mi primer helado. En ese momento era una señora mayor la que demandaba tan golosa comida. Con total decisión me dirigí al cajón donde se encontraba los cucuruchos. La señora pedía el mayor. De vainilla lo requería. Abrí el tanque de los helados e hinqué mi eficaz instrumento de extraer bolas del delicioso elemento. Perfecto, una bola perfecta de vainilla incrustada sobre el sabroso cucurucho de galleta.

Lo peor sucedió cuando del gracioso aparato de expedí r las bolas, sobraron varios trozo del helado elemento. No sabía que se hacía con aquel exquisito manjar. Tilarlo me parecía un desperdicio enorme. Y para que la graciosa cuchara redonda quedara en su mayor pulcritud de limpieza, no decidí otra cosa que pegarle un enorme lametón. ¡Y eso que la vainilla no me gustaba demasiado!

Ya se pueden imaginar la cara de asco que puso la infeliz cliente. Sería por timidez o por ansia, no rechazó el helado, pero se marchó avergonzada del establecimiento.

A mí solo me dio por pensar, que como un día se vendieran muchos helados menudo atracón de este me iba a pegar. Aunque eso sí: ¡Por favor, que los pidan de chocolate!

Dibuja con perspectiva

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