Adivida 8 monumentos de Sevilla que aparecen en este cartel

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Aviones en la playa de Cádiz

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sábado 21 de noviembre de 2009

el desayuno


Acabo de desayunar. Para mi es la mejor comida del día, la que tomo con mas ansia y la que más me satisface. Un buen cafelito con leche, un moyetito tostadito y un buen chorreón de aceite de oliva. ¡Que delicia!

En el pueblo de Posadas, villa de Córdoba, hay una cafetería que te ponen unos desayunos tal y como lo he descrito anteriormente, pero acompañado de trocitos muy menuillos de jamón serrano. Vaya impresión que te da, cuando extiende todo el jamoncito sobre la tostada y lo riegas con un chorreoncito de aceite de oliva. ¡Manjar para los dioses!

Que chocante es cuando sales de Andalucía, no encontrarte ese riquísimo tentempié. Si vas a Madrid, solo encuentras pan de molde por todos los lados, y si pides porras, hace varias horas que están hechas. En otros sitios es imposible encontrar una buena tostada para desayunar. Solo hay pasteles y croissant, que cosas más sosas para saborear por la mañana.

En mi pueblo era costumbre comprar por la mañana churros y acompañar el desayuno con estos. Aunque allí nunca los llamamos churros. Bueno ahora sí, por defecto de la globalización y su pobreza lingüística. En mi pueblo a los churros toda la vida lo han llamado jeringos. Incluso el que los vendía ,hace tiempo fue novillero, y su apodo era el del Jeringuero.

No conozco una comida que tenga más nombre que esta. Desde el globalmente aceptado churro, hasta el loreño jeringo, luego también en otras zonas de Andalucía se llaman tejeringos. El más técnico y soso de todo es el de masa frita. ¡Vamos que con solo nombrarlo se te quitan las ganas de comerlos! El más expresivo es el de calentitos.

Yo los churros, los calentitos, los jeringos más bueno los tomaba cuando era pequeño. Justamente al lado de mi escuela, una amable señora vendía unos redondos y sabrosos jeringos. Eran ruedas pequeñitas, atados por cordones de juncos. Recuerdo como mi abuela me los llevaba en el recreo, y desde entonces desayunar con jeringo me ha parecido algo muy entrañable.

viernes 13 de noviembre de 2009

A pesar de todo seguimos siendo humanos


Ayer, ya por la tarde, cuando me encontraba en Sevilla, decidí salir a recorrerla. Estoy demasiado gordito y necesito hacer algo de ejercicio, además quería volver a los sitios donde alguna vez amé la vida.

En primer lugar me dirigí a una librería. Compré el libro “el Guión de McGee”, estoy haciendo un curso sobre guiones de cortos y no quiero quedar como el último de la clase. A continuación, me deje llevar por mis recuerdos. Visité mi querida plaza del Salvador, me sumí en las callejuelas de Santa Cruz. Y comprendí que aunque es un barrio que tenga vida, esta solo es digna para una postal.

A continuación entre en la catedral, tras contemplar la Giralda. Allícentenas de personas, “mentes pías y puras” entonaban una canción a un exagerado ente imaginado. Aunque me pareció una locura, no dejo de reconocer que era hermoso su canto..

Tras esto recorrí varios sitios donde el buen recuerdo me inundaba. Reconozco que alguna cervecita tomé, pero no diré cuantas, no vaya a ser que un alumno malange, me ponga de mote el litrona. Sevilla bullía, se reencontraba consigo mismo. Las calles inundadas de vida invitaban a tal placer, vivir

Al cabo de varias horas, y ya cansado decidí regresar a mi casa. Cuando al intentar cruzar un semáforo, y que este me lo permitiera políticamente correcto , escuche esta conversación.

El grupo lo formaban varios alumnos ya en la universidad y comentaban entre ellos como le iba el encuentro con esta

1º universitario. ¡Quillo!. Pues yo no he notado casi nada el cambio. En mi clase tenemos un compañero que es idéntico al Napia. ¿Te acuerdas de él?. Aquel que estaba en nuestra clase y tenía una nariz de metro y medio.

2º universitario-¡Ah si!. Pues en mi clase hay una tía que esta buena, buena. Suele llevar una faldita que le llega por aquí. Mientras ,este personaje señalaba un lugar más alto que su rodilla. A continuación exclamó: ¡Le decimos la guarri ¡

De pronto se puso el semáforo en verde, y a los pocos minutos ya estaba en mi casa. Desde allí me acordaba lo hermosa que había visto a Sevilla esta tarde, lo sublime que fue escuchar un canto en la catedral, lo recóndito que es el barrio de Santa Cruz, y lo guena que están sus pringaitas.

El sueño ya se apoderaba de mí, y decidí acostarme. Antes de dormir, antes de volver a soñar, a pesar de la majestuosa tarde , en mi solo quedaba una pregunta muy humana. ¿Cuánto de cortita sería la falda de la guarri?

sábado 7 de noviembre de 2009

la sesión infantil


Cuando yo era pequeño era usual en mi pueblo, el domingo a las cuatro de la tarde proyectarse una sesión infantil de cine. Enormes eran las colas que se formaban alrededor del viejo cine Goya. Los niños se peleaban por ser los primeros en entrar.
Mientras, en los alrededores, se concentraban numerosos vendedores de golosinas. Me viene al recuerdo, sobre todo, la señora que vendía unas enormes manzanas recubiertas de caramelos, rojas, rojas como la de Blancanieves. Esta misma señora era la que en otros días de la semana vendía castañas asadas cerca del mercado de abasto. Siempre admiré como se sobreponía a todos los accidentes climatológicos. Ni la lluvia, ni el viendo impedía que la buena señora acudiera a su cita diaria.
Cuando abrían las puertas del cine, los niños se peleaban por entrar los primeros. Una inmensa algarabía de críos se entrecruzaban, gritaban y corrían en dirección a la pantalla cual toros en los San Fermín es. Y aunque parezca extraño todos pretendían ocupar la primera fila.
Normalmente la película era de vaquero o de romanos. Y cuando la escena se animaba por una elevada acción, era usual que los críos acompañaran con palmas y zapatazos el perseguir del 7º de caballería a los indios. Esta escena me lleva a recordar a otra parecida de una de mis mejores películas, Cinema Paradiso.
De vez en cuando, y gracia o desgracias a la tecnología, la película se desenfocaba o se paraba en algún encuadre. Y todos en coro, gritaban fuertemente a la vez: “Bizco”. Es así como llamaban al encargado de proyectar el film , por no tener precisamente una hermosa mirada. Y el bizco como gran profesional que era, arreglaba al momento el desaguisado y las palmas, los aplausos y los zapatazos volvían a inundar la sesión infantil del domingo. Cine de magia, tiempo de imaginación

sábado 31 de octubre de 2009

Líbranos,Señor, del maestro


En mis primeros años de EGB, el sábado por la mañana teníamos que ir a clase. He de reconocer que no se hacía gran cosa. Se leía un trozo del evangelio e inspirado en esto deberíamos realizar un dibujo.

La religión y el temor a Dios impregnaba cada minuto de la escuela. El lunes el maestro se dedicaba a averiguar que alumno había ido a misa el fin de semana pasado. Y como un fiel interrogador de las SS, iba preguntado alumno por alumno si habían asistido. Si alguno de estos mentía siempre había otro que lo delataba. Como verán existía un perfecto sistema de vigilancia en torno a la vida de unos pequeños críos.

A todo esto, me acuerdo una anécdota que me contó hace poco mi tío Adriano. Relataba que cuando era pequeño una tía suya le daba unas monedas si asistía a misa el domingo. Para averiguar si este había acudido le preguntaba de qué color llevaba el traje el cura en esa jornada. Como mi tío era más amante de calle y del viento libre que del olor a incienso, mi pariente le daba a otros niños alguna de las monedas para que le describiera como iba caracterizado el sacerdote y el dedicaba podría dedicar aquel tiempo a sus correrías de niños.

Como verán existía un espléndido sistema de coacción. Además gracias a esto, por lo menos en el caso de mi tío, se aprendía desde muy pronto a calcular el valor del dinero y también de la libertad.

Yo reconozco que en aquel tiempo en la escuela pasaba miedo en las aulas. Miedo a la palmeta de madera con que nos atizaba el maestro si no nos sabíamos la tabla del 8, a los tirones de oreja de este .Miedo a no saber ponerte en la fila del recreo adecuadamente mientras cantabas el himno de España con el brazo en alto. Miedo a las historias de la vida de los santos que nos relataban. Pánico hacia un Dios revanchista y obsesivo con las debilidades de los humanos.

Tanto miedo tenía que un día de estos uno de los maestro nos repartió unos libros de lecturas que pertenecían al colegio. Esto debíamos leerlos en clase durante varios minutos y devolverlos de nuevo a la estantería. Pues bien, aquel día me encontraba leyendo uno de esos cuentos tan impregnado de religiosidad, cuando de pronto me sobrevino una tremenda vomitona. Sin tiempo para reaccionar, vi como todos los restos de mi comida del medio día se depositaban sobre las páginas del libro.

Afortunadamente no me vio ningún otro compañero. Tanto miedo tenía al maestro que fui incapaz de comunicarle el suceso al enseñante.

Ya me imaginaba el terrible castigo que me caería por haber cometido este acto involuntario. Así que ni corto ni perezoso cerré el libro con la carga de mis restos de comida incluida, y lo deposité en la estantería.

A los pocos días de aquel suceso volvimos a la lectura. El maestro repartió de nuevos los libros. Y a aquel compañero que le tocó el libro que días anteriores yo había usado, pensó que dentro de él lo que contenía eran restos de flores secas.

viernes 23 de octubre de 2009

la tienda


Mi padre en su juventud fue portero de futbol. No un portero aficionado que juega los sábados por la mañana, sino un profesional. Llegó a jugar en segunda división con el Extremadura de Almendralejo. ¿Pero que hace un portero de futbol cuando se retira? ¿A qué se puede dedicar?

Supongo que eso pensaría mi padre en aquellos momentos. No se le ocurrió mejor idea que montar una granja de gallinas y dedicarse a vender los huevos de estas por las calles de mi pueblo. En una moto se recorría el pueblo una y otra vez anunciando sus productos. Y como no se le daba mal eso de vender, decidió poner una tienda de comestible.

Bueno de comestible es un decir, porque allí aparte de los comestibles, vendíamos también colonias, y hasta unas bufandas de lana que hacía mi madre con unas agujas enormes.

Lo que más me gustaba de tener una tienda era ir a Sevilla a los almacenes a comprar todas las golosinas que luego presentábamos en nuestra tienda. Decenas de cajas de chicles, de gominolas y de todas las delicias que un niño puede soñar extendidas por enormes anaqueles.

Recuerdo como en aquellos tiempos regresábamos de la capital con nuestro flamante Renault 4L, repleto de cosas sabrosas. La tienda no le había ido mal del todo, y había podido cambiar su simple moto por un cochecito apañado.

De chuchería vendíamos bastante, sobre todo teniendo en cuenta que la tienda se encontraba situada justamente enfrente de un colegio. Eran las dos de la tarde y el establecimiento se veía inundado de una alegre algarabía de chiquillos. Mientras que yo, me sentía orgullo de ser el hijo del tendero, porque disfrutaba de las mejores estampitas de futbolistas.

Además de las pipas, los kikos y demás chuches, también vendíamos helado.

Yo ya tendría unos siete años cuando me rogó mi madre que despachara mi primer helado. En ese momento era una señora mayor la que demandaba tan golosa comida. Con total decisión me dirigí al cajón donde se encontraba los cucuruchos. La señora pedía el mayor. De vainilla lo requería. Abrí el tanque de los helados e hinqué mi eficaz instrumento de extraer bolas del delicioso elemento. Perfecto, una bola perfecta de vainilla incrustada sobre el sabroso cucurucho de galleta.

Lo peor sucedió cuando del gracioso aparato de expedí r las bolas, sobraron varios trozo del helado elemento. No sabía que se hacía con aquel exquisito manjar. Tilarlo me parecía un desperdicio enorme. Y para que la graciosa cuchara redonda quedara en su mayor pulcritud de limpieza, no decidí otra cosa que pegarle un enorme lametón. ¡Y eso que la vainilla no me gustaba demasiado!

Ya se pueden imaginar la cara de asco que puso la infeliz cliente. Sería por timidez o por ansia, no rechazó el helado, pero se marchó avergonzada del establecimiento.

A mí solo me dio por pensar, que como un día se vendieran muchos helados menudo atracón de este me iba a pegar. Aunque eso sí: ¡Por favor, que los pidan de chocolate!

domingo 18 de octubre de 2009

La casa de la tía Adriana


La casa de la tía Adriana lindaba con la mía. Ambas compartían un mismo y enorme portal, conformado por cuatro azuladas puertas. La llave de él se extendía al menos 15 cm de larga, y estaba herrada en pesado metal. Era imposible llevarla en un bolsillo.

Cuando la tía Adriana se marchó a vivir en otro lugar, mi familia se hizo cargo de la casa. Una vivienda con amplios salones, paredes gruesas y altas vigas de madera. A partir de entonces esa vivienda fue el lugar de juegos para los chiquillos de la familia.

Consuelo era una amiga de mi hermana a la que siempre invadía la curiosidad. Un día la invitamos a la casa de la tía Adriana a jugar con mi hermana y conmigo. Como era tan inquieta y curiosa lo primero que ideó fue registrar toda la casa, desde los más amplios armarios o los rincones más escondidos. Lo primero que se encontró fue una extensa tira de tela de color rosado, parecida a las que llevan las modelos en el concurso de misses. No se le ocurrió otra cosa que colgársela sobre sus hombros. Pero cuál sería su sorpresa al comprobar la inscripción de la cinta. En ella se podía leer en letras doradas:”Descanse en paz”.

Al leer aquello se dio cuenta, que la llamativa colgadura no formaba parte de ningún feliz experimento, sino que eran los restos de una corona de difunto que habían allí olvidado los antiguos inquilinos. Inmediatamente soltó su original aderezo mientras que repetidamente se santiguaba.

La casa de la tía Adriana era misteriosa, como si en ella habitaran oscuros seres fantasmales. Un día registrando entre sus armarios nos encontramos decenas de figuritas de santos, fabricados en escayolas. Todos ellos aparecían mutilados en algunas de sus partes. La imagen que se nos apareció antes nuestros infantiles ojos era aterradora. En el mismo momento en que descubríamos este misterioso rincón, la luz de la habitación se oscureció, creando más penumbra que claridad. Imagínense, estimado lector, a cinco chiquillos salir despavoridos hacía la puerta de la vivienda, mientras gritaban absurdas palabras. Desde entonces aquel lugar de la casa evitábamos visitarlo.

También nos imponía un viejo cuadro del Padre Damián que colgaba éntrelas paredes de su pasillo. Su mirada triste e inquisidora nos provocaba algo más que devoción .Cada vez que queríamos asustar a otro chavalito, llevábamos a este delante del evocador cuadro , mientras les susurrábamos al oído con voz temblorosa :“Que viene el padre Damián”. Y el infante ponía pie en polvorosa.

A pesar de todo, la casa de la tía Adriana nos dio muy bellos y buenos momentos. Sus salones lo transformamos en pista de baloncesto, salón de cine y hasta sala de mil y un juego. Montamos allí el belén y celebramos decenas de cumpleaños .Aunque de vez en cuando y sobre todo cuando te encontrabas solo, sentía como si alguien te vigilara, como si un extraño ser te acompañara en tus juegos. Y en ese momento, devorado por el pavor, no te quedaba otra cosa, que salir corriendo, cerrar la puerta con un buen portazo, dar una, dos y hasta tres vueltas a la cerradura y esperar unos días para olvidarte de la extraña presunción para retornar allí para seguir jugando.

sábado 10 de octubre de 2009

Mojado bajo la lluvia


Han vuelto las lluvias y con esto los malos y los buenos recuerdos sobre este fenómeno atmosférico. Los buenos aquellos que me hacen aparecer en el patio del viejo colegio. En el recreo y después de haber llovido. Todos los alumnos equipados con sus puntiagudas limas dispuestos a herir a la tierra en su juego. Sobre el barro clavando esta con destreza.

También añoro esos enormes charcos que se formaban en los descampados. Los niños equipados con sus negras botas katiuskas avanzando cual Jesús sobre las aguas. Y rememoro el discurrir de mi pequeño barco de madera por el bravío riachuelo que se formaba en la pendiente de mi calle cuando llovía.

De los malos momentos quiero olvidar el enorme ímpetu que me provoco un desastroso día el salir de una clase de matemáticas. Mientras bajaba corriendo por la escalera del centro escolar y acompañado por el paragua, me vi sorprendido por la mirada inquisidora de director. Que no tuvo otra idea u otra intención que requisarme el paraguas y con este mismo golpearme continuamente la espalda, mientras yo trataba escaparme como podía.

La lluvia, a veces nos provoca tristeza, pero otras una tremenda sensación de libertad. Un día regresaba a mi casa disfrutando de los primeros goterones que derramaba el otoño. Me veía feliz. La calle en la nocturnidad aparecía despoblada. Un agradable aroma a tierra mojada inundaba el aire. Por tan agradables sensaciones necesitaba correr, salir corriendo mientras dejaba caer la lluvia sobre mi cara. Cantaba, reía, con mi rostro mojado y mirando hacia el cielo me sentía enormemente libre y feliz. En mi afán de saltar y al ir despistado choqué contra una imprevista señal de stop que se encontraba sobre el acerado. Y esa noche vi las estrellas aunque estaba nublado.

la música de los Aslandticos

la música de los Aslandticos
de momento

Adivina que animal hay en la foto

Turquía , tierra entre dos ideas

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