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viernes 30 de julio de 2010

La mano que mece la cuna



Hay historias que aunque aparentemente parecen divertidas en el fondo están tañidas de una tierna tristeza. De una de este tipo hablaré hoy.
Hace unos meses mi hermano realizó un viaje a Extremadura. En una de sus ciudades habita una de los mejores amigos de su infancia. Es usual que cuando visites a un viejo amigo, este, ya instalado en su nueva ciudad posea una serie de amistades nuevas y es normal que este te presente a las nuevas compañía.
Pues bien, estando mí hermano y mi cuñada allí, quedaron una noche para tomar unas copas por la ciudad. Con ellos iba el amigo de su infancia y su señora. Tras instalarse en un animoso bar, al poco rato aparecieron dos nuevos personajes. Una chica y un chico, ambos eran hermanos.
Como es habitual surgieron las presentaciones. El amigo de la infancia presento a los dos grupos que no se conocían. Cuál sería la sorpresa de mi hermano al comprobar que los nombres de los nuevos personajes eran los de Eo, para el chico y los de Ea para la chica.
Al principio mi hermano no se atrevió a preguntarles a estos el motivo por el que poseían estos peculiares nombres. Pero ya se sabe que la cervecita combinadas con buenos manjares, allana el camino de la confianza.
Mi hermano que para estas cosas es un tipo muy curioso. Dado el momento lanzó la pregunta que le rugía dentro de su cabeza: ¿Por qué poseéis esos nombres tan originales?
El esperaba una respuesta más o menos estándar. Que si eran las siglas de algo, o alguna cuestión que tenía que ver con sus apellidos. Pero la respuesta fue aún más sorprendente.
Resulta que los nombrados hermanos tenían unos padres que continuamente estaban fuera de casa por razones de un trabajo, bastante cansado, por cierto. Cuando estos, los padres, llegaban a su vivienda, no les quedaba más fuerza que para dormir. Los hijos muchas veces se tenían que dormir antes de que sus progenitores llegaran. Y como a veces les costaba encontrarse con el sueño, e imitando lo que otros padres hacían con otros chiquillos.
Ambos hermanos se sentaban en una mecedora, una para cada uno, y mientras empujaban estas con sus manitas para que se balanceaban. Cada uno de ellos emitía el sonido que otros padres le susurraban a sus pequeñines para que se durmieran.
Uno, el niño, mientras se balanceaba, emitía un tierno y sonoros: Eo, eo, eo. La niña hacía lo mismo con un liviano: Ea, ea, ea. Así los pobrecillos a falta de los mimos y acaricias de sus progenitores, estos eran acogidos solitariamente en los brazos de Morfeo.

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